Nuestro
bosque mediterráneo y sus especies arbóreas del género Quercus, es la base
ecológica de las actuales dehesas, por la interacción cerdo-bosque, y ha influido
decisivamente en la diferenciación de la raza del Cerdo Ibérico, surgiendo así
el binomio cerdo ibérico-bellota. Ya en época de dominación romana, Marco Terencio
Varron, en el primer siglo antes de Jesucristo, destacaba en su obra “Rerum
rusticarum libri III” el gran tamaño de los cerdos criados por los lusitanos,
considerados una raza especial por Tito Livio.
Por otro lado, Cayo Plinio, en el
primer siglo de nuestra era, hablaba de la importancia de la bellota en la
crianza de estos cerdos, que estaban criados sueltos por el encinar
aprovechando sus recursos. Afirmaba Plinio que las bellotas no sólo los
engordaban sino que les conferían un mejor sabor a sus carnes. Ésta es una de
las primeras referencias que aluden al sistema de engorde en montanera
característico del cerdo ibérico y que sigue hoy.
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